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jueves, 6 de marzo de 2014

El bululú no me dejó ver el desfile militar


JORGE AGOBIAN | @jorgeagobian 

Esa, exactamente esa misma fue la frase que dije el 5 de marzo ante mi inocente idea de querer estar en el histórico primer desfile militar en honor de la memoria de Hugo Chávez. Fue como si el homenajeado, el hoy consagrado líder supremo de la revolución, me dijera “por ahora” en el oído. Me retumbó en el cerebro, hizo contacto con mi psiquis, bajó a mis piernas y me marché. Me rendí, él también se rindió en el 92: “los objetivos que me planteé no fueron logrados”.

No pude, por más que quise. Aré en el mar, aré ante miles que querían ser espectadores también.

La cola para entrar a las tribunas del Paseo Los Próceres comenzaba a unos 5 minutos caminando a paso rápido. El gentío era impresionante. El cuchucheo, las palabras cliché, las sonrisas nerviosas, todo era rojo, todo era Chávez hecho tributo.

Líder supremo, comandante, fascistas, guarimberos, pitiyankies, revolución, Chávez, Chávez, Chávez. Palabras que oía mientras caminaba hacia el punto de acceso al lugar del desfile. Mi carnet de prensa me ayudó a saltarme el colón humano, pero llegó un momento en el que se trancó el acceso. ¡Mira, carajito, haz la cola!, me gritó uno. A palabras necias, oídos sordos. ¿Por qué lo dejan avanzar a él? ¡¿Acaso es el hijo de Chávez?!

Cuando me vi tan cerca pero tan lejos de poder ver decentemente el desfile, aquello se convirtió en un despelote. Cuerpo con cuerpo. El sudor ajeno y el mío era una sola gota. Las pieles de diferentes tonos y contexturas se mezclaron e hicieron un bollo humano. El aliento era compartido y, además, la única manera de ventilarse la pollina.

A mi lado estaba una señora mayor, de 86 años. Dura y resistente la señora. Los empujones que iban y venían la mecían cual cristo en una procesión. ¡Ay, mijito. Ay, mijito, cójeme la mano que me tumban! Y el grito estruendoso: ¡¡Noooo empujeeeen!! Y aquél calor. Y aquél solazo que se prestaba.

¡Hay una niña aquí, no empujen por favor! ¡Ay, mijo, ten aquí este termo que me está arrancando un dedo!, me dijo la señora.

Mi mano y la de ella era un solo tronco.El quejido era repetitivo, pero ella seguía ahí. No se iba a ir por nada del mundo. El día de Chávez es con Chávez.

Las fuerzas de todos hacían efecto dominó. Empujaban hacia el frente, y de regreso venía el empujón que nos llevaba al mismo lugar. Los guardias se montaron en una silla para controlar a la gente y rápido vi cuando no había ni soldados ni silla. Eran objetos tirados en el piso. En ese momento me perdí de la doñita. El termo lo abandoné al rato.

Un toldo en el que se encontraba el acceso (con detector de metales) se mecía pa’ allá y pa’ acá. Venía gente de adentro, y nosotros de necios que queríamos entrar. No era yo solo, éramos miles. Éramos ya un pegoste ocre que quería ver el desfile. Adentro, en las tribunas, eso ya estaba a reventar.

Y comenzaron entonces los desmayos. De adentro hacia afuera piloteaban a una niña que se había desmayado. Las manos de todos la mantenían en el aire y la pasaban hacia atrás. Y venía enseguida otra emergencia. ¡Abran paso que este niño tiene ganas de vomitar! A nadie le dio asco. Yo me planeé hacia un lado, empujando, naturalmente.

Suficiente. “Los objetivos que me planteé no fueron logrados”. Desfile un carajo. Fotos un carajo. Me fui saliendo hasta que encontré el aire. Lo respiré todo, hasta el dióxido de carbono de los árboles.

Caminando de regreso, la cola seguía igualita. Los guardias habían acordonado la fila para que más nadie pudiera entrar. No fui el único que se quedó con las ganas de ver el desfile. Quizás otros zapatearon de la rabia y la impotencia. Yo agarré camino a casa.

Cuando llegué, en cadena nacional estaba el desfile. Bellísimo y muy cívico que se veía en la televisión. Como si yo no hubiese estado ahí. Pero así son las masas, así se mueve la gente en esos pagos. Para la próxima me voy tempranito a agarrar puesto.

jueves, 13 de febrero de 2014

Doce efe: Tan cerca, cerquitica del peligro en Parque Carabobo

11:06 de la mañana. Exactamente a esa hora. La Plaza Venezuela estaba a reventar. No cabía nadie más. No estábamos todos los estudiantes de Caracas, pero había un gentío. Inició el recorrido. Me persigné, me encomendé a Dios. Encomendé esa marcha a Dios. Luego, en la noche, me di cuenta que Él nos cuidó hasta que la maldad y la violencia abarrotó el lugar, hasta que los dedos apretaron el gatillo y en las calles ardió la candela. Sin embargo cuidó a muchísimos de los miles que caminamos ese día. Doce efe. Pasó a la historia, a mi historia.

En el recorrido no pasó nada extraño. Nadie corrió, nadie buscó camorra. Fue pacífica, muy pacífica la marcha. Las consignas eran diversas y retumbaban en la avenida México. "¡¡QUIÉNES SOMOS; ESTUDIANTES; QUÉ QUEREMOS; LIBERTAD!!". Más allá de eso nada. Mandarinas, mango, "el-agua-el-agua", "el chupi, el chupi". Estudiantes y consignas, nada más.

***

A las 12:45 por lo menos yo ya estaba en Colegio de Ingenieros. Los de atrás, allá lejísimo, no tenían vista frontal al edificio del Ministerio Público. Yo sí.

Fue la primera vez que me uní a una marcha estudiantil. ¿Miedo? Sí, bastante, para qué voy a mentir. A diferencia de otros estudiantes yo no lo daba todo en ese momento, en ese lugar.

Iba contando las estaciones de metro por las que pasaba: Colegio de Ingenieros. En esta no, en la próxima me salgo. Bellas Artes. No vale, estoy ya cerquita de la Fiscalía. Colegio de Ingenieros. Ya llegué hasta aquí, ahora sí, ya me voy, ¡la verga!, aquí se puede prender el verguero. No me fui sino hasta las 3:46 de la tarde.

***

En toda la marcha no me separé del señor Igor, el papá de una amiga de la universidad. Veía en él experiencia. Quizás sí, quizás no. Lo acompañé y me acompañó.

- ¿Y qué hace uno si aquí se prende un peo? -le pregunté.

- Corres. Pero si ves que está muy cerca y lanzan lacrimógenas, agáchate- me dijo Igor.

- Agarra una concha de mandarina de esas y tenla en el bolsillo. Si ves que hay lacrimógenas ponla debajo del trapo y tápate la cara -me recomendó una amiga que me acompañaba.

Tenía que saberlo. Soy inexperto en esto de las marchas. Por más que sea tengo recuerdos en mi mente, feos recuerdos, de estudiantes siendo atacados por la policía y batidos, como si fueran olas, por las ballenas de la GNB.

Ninguna de esas estrategias usé. Me mantuve al margen de lo menos peligroso dentro del volcán, dentro del valle de balas que se suscitó.

***

Hubo encontronazos en la concentración de Parque Carabobo. De repente todo el mundo corría. Yo corría también. Eran problemas que venían desde arriba, desde la avenida Universidad, donde estaba Bassil, el estudiante de Mercadotecnia que murió de un balazo en la cabeza. ¡No coooorran!, gritaban cuando todo el mundo comenzaba a correr. ¿No corran? Claro que había que correr. Estaba cerca, cerquitica del peligro, del mismo peligro al que sí se enfrentó Bassil, un héroe del doce efe.

Vi, sí vi como jóvenes con la cara tapada venían hacia donde estaba yo a buscar basura para encenderla. Sí vi, también vi, cuando en un jeep traían a un estudiante herido. Claro que también vi cuando frente a mi llevaban cargado a Bassil. El peligro estaba en Parque Carabobo. En cualquier momento me tenía que ir de ahí.

***

3:47. ¡Llegaron los pacos, llegaron los pacos! Traduje eso inmediatamente al lenguaje poco familiar que manejo. Corrí como pude y me metí en el metro.

Arriba, en Parque Carabobo, se escuchaban los tiros. En ese momento dejé atrás el huracán. Bellas Artes. Colegio de Ingenieros. Después Plaza Venezuela, Sabana Grande, Chacaito... La California. Llegué a mi casa. Gracias, Dios mío.

En la televisión no había nada. El Chavo del 8 en Venevisión, una novela asiática en Televen. Globovisión hacía reportes de las 12 del mediodía. Al rato encandenó el presidente desde Maracay. Twiiter, la solución. ¡A la verga! ¡¡Tres muertos!! ¡¡23 heridos!! Yo estaba ahí. ¡Coño, yo estaba ahí! Mamá estoy bien, ya estoy en la casa. Gracias a Dios, hijo, enciérrate y no vuelvas a salir más.

Capturas de momento



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Externo: 
Esta crónica fue publicada en la edición impresa de Últimas Noticias (cuerpo Más Vida; Echa tu cuento p. 7) el domingo 23 de febrero de 2014.

Esta crónica también fue publicada en el sitio Web de Tu Voz del diario Últimas Noticias.

miércoles, 8 de enero de 2014

Venezuela

Un país lleno conchas de balas, de experticias impunes, de juicios postergados, de delincuentes encarcelados que entran y salen de los calabozos alegres, airosos, llenos de sangre ajena. Venezuela es este país donde vivo, donde le quitan la vida a cualquiera, donde un charco de sangre se ha convertido en agua empozada. Es común. Si nos asombramos es porque todavía nos duelen las pérdidas, esas que hieren el alma y que son irreparables.

La vida no vale tanto como cuesta un paquete de harina. Criar a nuestros hijos, sobrinos y nietos es sinónimo de sobreprotección, de reducción de la libertad plena. Venezuela, país de lleno de miedo, de gente que atraviesa Caracas y llega a la Guaira. El país se nos va, las balas nos están echando.