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jueves, 1 de agosto de 2013
Pelón, el más flojo de los llaneros
viernes, 7 de junio de 2013
Secuestraron a Alma Máter
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| Ya algunos empezaron a luchar
Misma temática, otra entrada
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miércoles, 22 de mayo de 2013
Mercado negro en el barrio
La vecina ya había tomado camino, cual gallina, arriando a sus ocho carajitos. Los pies eran un solo ruido: ¡¡tas tas!! Todos iban encaminados a la bodega de doña Carmen, donde supuestamente había llegado azúcar, harina sin marca y papel tualé ordinario.
“¡Dijimo’ que se está vendiendo un paquete por cabeza!”, se escuchó el inmenso gañote de uno de ellos. Los gritos en la cola eran inentendibles. Era un cuchucheo sin vocales, sin palabras; era una gritadera ilógica, quejosa, fastidiosa.
Los muchachitos se sentaron en la mugre verde de la acera, que en contraste con sus ropitas curtidas, hacían una combinación de ocres, verdes pálidos y marrones degradados.
“¡Se acabó lo que se daba, mi gente!”. La cara de los compradores fue un camaleón con espinas. Unos se quedaron reclamando y otros, dieron la vuelta y se fueron en fila a sus casas, sin papel, sin harina ni azúcar.
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sábado, 26 de enero de 2013
El rapero de la camioneta
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Disponible también en Diario Últimas Noticias
sábado, 1 de octubre de 2011
Etcétera, etc, etc...
Despertador, cama sin arreglar, calentador encendido, ducha abierta, cepillo de dientes, pantalón y camisa, arepa con carne molida y queso, llaves, ascensor, calle... Ese puede ser el principio de un día común en mi vida, de lunes a viernes, por supuesto. En las mañanas uno siempre se despierta como si estuviera en una escuela militar. Todo lo haces corriendo cuando tienes que salir temprano, como si huyeras de algo, como si alguien te persiguiera.
Lo cierto es que la dinámica de vivir en Caracas resulta ser arrolladora para quien no está acostumbrado, pero a la larga –muy a la larga- disfrutas de ella. Si, disfrutar, porque muy personalmente me causa gracia ver todas las cosas que a diario uno puede observar en la Gran Caracas.
Mujer con el pelo fucsia, hombre con hojas de laurel en las orejas, santeros con pulseras de piedras de colores, niños llorando, niños eléctricos, gente que pelea, la estación “Plaza Venezuela”, la transferencia de la línea tres, los empujones, el aire frío, la UCV, los perros, el hombre que reza en el medio del sol, el señor que trota, la que va llorando…
Y eso es sólo en las primeras dos horas del día. Cuando llego a la Escuela de Comunicación Social: la saludadera, el libro de historia, las guías para mañana, ayer en la noche, el periódico, los neuróticos, la puerta principal, las escaleras, salón C1, la espera, la profesora, la clase, el reloj, hambre de nuevo, fin de la clase, escaleras, aire libre, olor a cigarro…
Uno puede hacer millones de cosas en el día, pero siempre existe algo que marca cada momento, como cuando es medio día y me regreso a mi casa: chao a todos, Plaza Venezuela, el que vende correas, el que vende lentes, dolor en los pies, sudor, entrada al metro, dirección Palo Verde, los últimos vagones, la silla desocupada, la doñita que se monta, el otorgamiento del puesto, el hambre que ataca, el ruido del metro, las escaleras mecánicas, el autobús, el calor nuevamente, “en la parada por favor”, no puedo más, el edificio, el ascensor, la puerta de la casa, agua y jabón, etcétera, etc., etc…
*Esta nota toma aspectos de la obra “Ser” de Luis Britto García. (Recomendada)
