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jueves, 1 de agosto de 2013

Pelón, el más flojo de los llaneros



Pelón tiene catorce años, aparenta ocho y todos creen que tiene dieciséis. Lo que sí es cien por ciento certero es que es flojísimo.

En los arrabales más ocultos del llano venezolano, en medio de la tempestad campestre y el sol achicharrante, está Pelón. Su cabello negro curtido con marrón está tan tieso que cuando ventea, la brisa no logra mover ni una sola de sus greñas. Su ropa mustiada está sucia, decolorada por el sol y el agua. El pantaloncito beige, que se coloró de marrones oscuros y claros, está amarrado de una trabilla a otra con una cuerda de nylon.

La camisa, escasa de un botón, está también tiesa; pareciera que fue lavada con formol. Sus labios pocas veces se prestan a la sonrisa, y la risa llega esporádicamente, cuando otro jornalero le dice que es flojo.

─ ¡Mira tú! –dice con un tono propio de la gente llanera, una especie de ritmo cantadito, lento y alargado.

En el llano adentro, en lo que los llaneros conocen como la brega en los conucos, que no es más que la siembra de hectáreas y más hectáreas de maíz, hay que tener fuerza y ánimo para pasar el día. 

El trabajo es fuerte, pues  hay que cargar sacos de fertilizantes de 50 kilos y lanzarlos en unas máquinas enormes haladas por tractores. Sin embargo, el trabajo de Pelón no necesita de mucha fuerza, pues su encargo es recoger los sacos que otros tres hombres mayores han lanzado al suelo después de descargarlos en los depósitos de la sembradora.

Mientras la cabeza de estos hombres, chorreados de sudor cristalino, sostienen los pesados costales, Pelón está acostado en el suelo sobre tres sacos que dispuso cual colchoneta de largo a largo. Pegado a su oreja está un mini radio que lo atormenta pero lo entretiene, con vallenatos, joropos y rancheras, los géneros musicales preferidos en estos lares.

─ ¡Pelón, recoge los sacos!, le grita uno con la voz entrecortada por el cansancio. El muchachito hace caso omiso. “Muchacho flojo, coño’mai ese”, dice el caletero.

La ley del monte, muchas veces es cruel. Los papás de Pelón lo corrieron de su casa, no quisieron mantenerlo más. Comenzó el viacrucis por todas las fincas del sector. De todas lo han botado por flojo, y en esta, ya lo han hecho dos veces, sólo que el muchachito promete que se va a encaminar. Eso nunca ha ocurrido.

El primer oficio que le asignaron en esta finca de producción agrícola y ganadera, fue el trabajo matutino de ordeño. Esas labores suelen ser pesadas pues comienzan a las tres de la mañana.
La semana pasada finalmente lo botaron y aceptó el despido. No se sabe a dónde irá Pelón ahora.

viernes, 7 de junio de 2013

Secuestraron a Alma Máter


“¡Secuestraron a Alma Máter!”, grita alguien entre el bullicio y el despilfarro de energía: gritos y lamentos, groserías y decepciones. “Es verdad, la secuestraron”, confirma un amigo cercano que ha comido las tres papas a su lado durante cuatro años. Un señor, que ya cuadruplicó más de 10 años de vida, reconfirmó la noticia. “La suma que piden es gigante, inalcanzable”, dijo apenado. Como en todo secuestro, muchas manos pudieran estar involucradas en el acto. Se sospecha de varias, ocultas y enmarañadas. 

Ha pasado un día. El olor a grama recién cortada se siente pero se extraña al mismo tiempo. El tic tac del enorme reloj que acostumbraba lucir no se escucha. Es como si algo dijera a gritos que Alma Máter está muriendo, aunque ya llamaron los bandidos, los secuestradores. “¡¡Pero ¿quién la secuestró?!!, gritó una señora –pelo corto, cara larga- desesperada, negada a creer en la realidad.

Entre electrocardiógrafos y voces de gente enferma, se escuchó el latir de lo único que pudiese estar funcionándole a Alma Máter: el servicio hospitalario, esas ganas de ayudar a los enfermos aunque sus recursos son escasos.

47 mil 593 jóvenes la extrañan. Otros 8 mil 710 claman por verla de nuevo, pero no tienen cómo pagar el rescate. Más bien la desaparecida y ultrajada, les debe a ellos. La solución es el dinero, siempre será el dinero. A veces será el pago y el beneficio.

No todos brindan apoyo ¿Quiénes son los familiares? ¿A quién le duele su desaparición? Nadie llora pero todos lo lamentan. Se esperan llamadas, correos electrónicos, mensajes de texto, información en los medios...

─ Nada, nada que se comunican.

Se seguirá esperando con el temor de que se la lleven a donde solo hay sombras. Si eso llegara a pasar, ya nada sería igual: las sombras vencerían a la casa. Alma máter habría muerto.

De repente suena el teléfono. Inesperada llamada. Temblores de manos y sudor mortificado. “No vamos a negociar, Alma Máter está muy bien con nosotros”. Colgaron el teléfono. Alguien se secó una lágrima y dijo: “la lucha es luchando, Alma Máter está muy joven y no puede morir”. 

Ya algunos empezaron a luchar

Misma temática, otra entrada 

miércoles, 22 de mayo de 2013

Mercado negro en el barrio

La voz se regó por todo el barrio. Las ventanas se abrían de par en par.  Sobresalían señoras exaltadas, emocionadas, preocupadas. Una foto en blanco y negro relataría mucho mejor esta escena. “¡¡Apúrense!!”, gritaba una mujer mientras erguida en la puerta de su casa, con una mano en la cintura, contaba una a una las cabezas de sus doce muchachos. 

La vecina ya había tomado camino, cual gallina, arriando a sus ocho carajitos. Los pies eran un solo ruido: ¡¡tas tas!! Todos iban encaminados a la bodega de doña Carmen, donde supuestamente había llegado azúcar, harina sin marca y papel tualé ordinario. 

Las colas eran apoteósicas, delirantes, fuera de lo común. Solo una reja oxidada dividía a los compradores impulsivos, hambrientos y emocionados, de los nietos de doña Carmen, quienes de uno a uno, escasamente, pasaban los alimentos por las rendijas. 

“¡Dijimo’ que se está vendiendo un paquete por cabeza!”, se escuchó el inmenso gañote de uno de ellos. Los gritos en la cola eran inentendibles. Era un cuchucheo sin vocales, sin palabras; era una gritadera ilógica, quejosa, fastidiosa.

 Los  muchachitos se sentaron en la mugre verde de la acera, que en contraste con sus ropitas curtidas, hacían una combinación de ocres, verdes pálidos y marrones degradados.

Los que salían de la cola iban felices y airosos con un paquete de harina entre el antebrazo y el abdomen. La lucha en esta vendimia era para conocer quién tenía más niños, lo que significaba al mismo tiempo, quién compraba más productos. Entre una vecina y la otra, las diferencias estaban contadas: una compró quince rollos de papel tualé y la otra solo trece.

“¡Se acabó lo que se daba, mi gente!”. La cara de los compradores fue un camaleón con espinas. Unos se quedaron reclamando y otros, dieron la vuelta y se fueron en fila a sus casas, sin papel, sin harina ni azúcar.

De regreso, en cada esquina había un cartel: “Se vende harina barata 30 bs c/u”. Más allá, sacaron una mesa e hicieron un castillo con rollos de papel tualé: 15 bs. c/u. Se activó el mercado negro. Había papel en todas las casas. La gente comía todas las noches arepa, bollos y torrejas. Lo que sí había quedado en los bolsillos de los especuladores, eran las cuatro lochas de los vecinos que de tanto comer, sólo les quedaba el cartón del papel tualé guindando de la poceta.
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Este texto fue publicado en la sección Echa tu cuento de Últimas Noticias Ir al enlace

sábado, 26 de enero de 2013

El rapero de la camioneta


Unos merengues instrumentales de la Billo’s Caracas Boy’s amenizaban el fatídico traslado desde Los Dos Caminos a Chacao en la camionetica blanca. Nada diferente. Algunos sentados en los ya destartalados puestos de semi cuero, y otros encontrando el equilibrio en el angosto pasillo que se dispone de largo a largo. Cada frenazo –del inconsciente chofer- era respondido por una ceja levantada, una torcida de ojos o un insulto cualquiera de los pasajeros. Yo disfrutaba la música. 
 
─ “Señor, ¿nos regala unos minutos para tocar nuestra música?”, dijo uno de los dos desconocidos que abordaron el autobús. 

─ “Ya se montó”, le respondió el señor. No le gustó la idea. A duras penas apagó el reproductor oxidado que se disponía sobre una polvorienta, pero resistente, corneta Sony.

Eran dos chamos. No pasaban de los veintipico de años. No llegaban a los 25. Sus atuendos eran confusos. Se presentaron como la nueva generación del hip hop. La presentación no fue muy ovacionada.

─ Buena’ tarde’ mi gente. Nosotros somos la nueva generación del hip hop, talento venezolano. ¡Vaya! Esperamos que les guste y esto dice así –se presentó el vocal. El otro movía sus manos a la altura de sus pantalones. Sus movimientos eran colgantes, de adentro hacia afuera.

Oí perfectamente cuando una señora que iba a mi lado izquierdo refunfuñó “Ya este nos va a escupir a toditos”. De inmediato, tras un repetitivo “oh, yeh, oh yeh”, el instrumento manual comenzó su “puh, puhf, puf”, sonido éste que es posible gracias a la colocación de las manos del intérprete en su boca y la simulación de soplados y escupidos reiterativos. El vocal comenzó a improvisar. Hasta la señora que había protestado sonrió. El talento del joven era impresionante, bueno, entretenido, creativo.

Se acabó el show. El vocalista pidió una colaboración que solo un par y yo dimos. Dio las buenas tardes y enseguida pronunció una frase contundente, sacadora de lugar de por sí, analítica y reflexiva. “Recuerden mi gente, un artista más una pistola menos”, pronunció desde el primer escalón del autobús. Segundos después, descendieron. La música instrumental del chofer no volvió a sonar. Las risitas que había provocado la improvisación se coló en seriedad. Nadie dijo nada. El autobús llegó a Chacao.
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Disponible también en Diario Últimas Noticias

sábado, 1 de octubre de 2011

Etcétera, etc, etc...

Despertador, cama sin arreglar, calentador encendido, ducha abierta, cepillo de dientes, pantalón y camisa, arepa con carne molida y queso, llaves, ascensor, calle... Ese puede ser el principio de un día común en mi vida, de lunes a viernes, por supuesto. En las mañanas uno siempre se despierta como si estuviera en una escuela militar. Todo lo haces corriendo cuando tienes que salir temprano, como si huyeras de algo, como si alguien te persiguiera.

Lo cierto es que la dinámica de vivir en Caracas resulta ser arrolladora para quien no está acostumbrado, pero a la larga –muy a la larga- disfrutas de ella. Si, disfrutar, porque muy personalmente me causa gracia ver todas las cosas que a diario uno puede observar en la Gran Caracas.

Mujer con el pelo fucsia, hombre con hojas de laurel en las orejas, santeros con pulseras de piedras de colores, niños llorando, niños eléctricos, gente que pelea, la estación “Plaza Venezuela”, la transferencia de la línea tres, los empujones, el aire frío, la UCV, los perros, el hombre que reza en el medio del sol, el señor que trota, la que va llorando…

Y eso es sólo en las primeras dos horas del día. Cuando llego a la Escuela de Comunicación Social: la saludadera, el libro de historia, las guías para mañana, ayer en la noche, el periódico, los neuróticos, la puerta principal, las escaleras, salón C1, la espera, la profesora, la clase, el reloj, hambre de nuevo, fin de la clase, escaleras, aire libre, olor a cigarro…

Uno puede hacer millones de cosas en el día, pero siempre existe algo que marca cada momento, como cuando es medio día y me regreso a mi casa: chao a todos, Plaza Venezuela, el que vende correas, el que vende lentes, dolor en los pies, sudor, entrada al metro, dirección Palo Verde, los últimos vagones, la silla desocupada, la doñita que se monta, el otorgamiento del puesto, el hambre que ataca, el ruido del metro, las escaleras mecánicas, el autobús, el calor nuevamente, “en la parada por favor”, no puedo más, el edificio, el ascensor, la puerta de la casa, agua y jabón, etcétera, etc., etc…

*Esta nota toma aspectos de la obra “Ser” de Luis Britto García. (Recomendada)